El rol de los medios de
comunicación se vuelve tendencioso y sigue ciertos parámetros con el
entretenimiento como principal objetivo. En general se dejan de lado los
análisis sobre el juego, priorizando otras temáticas que rodean lo realmente
elemental.
Los periodistas deben dedicarle un espacio en su profesión a la autocrítica.
En el fútbol, al igual que en la mayoría de las cuestiones, frecuentemente se
genera una banalización de la información. Casi ni se habla de este deporte
como tal y contrariamente toman protagonismo los detalles, esas partes del todo
que se convierten en intérpretes principales en las transmisiones televisivas,
radiales y hasta en los textos gráficos. De esta forma se relega a un segundo
plano lo verdaderamente importante.
Antes que nada corresponde indagar en las causas de este fenómeno.
Muchos periodistas se amparan en la idea “protectora” oculta detrás de la
necesidad de entretener, hacer del fútbol puramente un espectáculo; una
percepción absurda y fácilmente refutable con montones de ejemplos de productos
de calidad exitosos en términos de seguimiento. La búsqueda constante del
rating, por ejemplo, se ve directamente erosionada por el factor económico y
atenta contra la calidad informativa.
Más allá de cualquier decisión o bajada de línea de productoras y demás,
resulta igualmente alarmante la escasa cantidad de partícipes capacitados o con
los saberes necesarios en el plano futbolístico. Esto no sólo queda en
manifiesto en los contenidos periodísticos, sino también en la práctica
profesional: preguntas escuetas hacia los protagonistas y carencia de
repreguntas, verborragia injustificada, opiniones sin fundamentos y una
peculiar (in)capacidad de no escuchar al otro. En tanto, se recurre habitualmente
a las frases hechas y sitios comunes, no sólo en los periodistas sino también
en los jugadores, entrenadores y dirigentes. “Ganar como sea”, una de las
falacias más grandes de los últimos tiempos, expresión vacía si las hay. Sería
interesante que se busque transmitir de una manera más entendible dicha
afirmación, como puede ser la intención de esperar y salir de contra, de cortar
el juego con faltas o de meter al área todas las pelotas paradas. De todas
formas si así fuera las posibilidades de lograr un triunfo siempre serán
menores que aquellas relacionadas a una intención de jugar bien al fútbol. Y
bien no quiere decir ni lindo ni vistoso. Más allá de gustos no se puede llegar
demasiado lejos sin un mensaje y un estilo, y esto es tarea de los entrenadores.
Priorizar únicamente los resultados sin siquiera hacer un análisis
previo con seriedad del porqué de los mismos, hacer foco desmedido en las
relaciones entre los jugadores y sus declaraciones o en los arbitrajes y
menospreciar a un jugador por no cantar el himno antes de los partidos (después
no importa si adentro de la cancha es el más patriota de todos) sólo hacen que
la imagen transmitida por gran parte de los medios de comunicación a los
públicos sea sesgada y mal orientada. No importa el juego, pero sí el
conflicto.
En definitiva, el fútbol y el periodismo están plagados de contrastes. Pese
a que la espectacularización y banalización sean fenómenos latentes, están
aquellos que disfrutan del juego en su más pura esencia e intentan explicarlo y
transmitirlo de manera honrada. Son algunas gotas de esperanza en un océano infinito
de dramatismo y desinformación. Pero como sostiene David Mitchell en su
excepcional novela Cloud Atlas, qué es un océano sino una multitud de gotas.
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